sábado, 17 de septiembre de 2016

NUEVA VIDA EN LA TIERRA


En una estrella lejana, dos seres mantienen la siguiente conversación:
—Así que has decidido encarnar en la Tierra... ¿Estás seguro de que quieres afrontar ese reto?
—Lo estoy. La decisión está tomada. Y es irrevocable. Lo he pensado bien.
—¿Te han explicado ya todos los desafíos que supone nacer en un cuerpo humano? Muchos se han arrepentido en el mismo momento del nacimiento, cuando todavía conservaban algo de memoria y se enfrentaban por primera vez al dolor...
—Sé que olvidaré mi vida en Arcturus, mis capacidades, mi sabiduría, mi conciencia de unidad... Aunque quizá lo peor de todo sea enfrentarme a la "muerte". Los habitantes de la Tierra, sumidos en esa extraña hipnosis colectiva que los tiene atrapados desde hace siglos, creen que la vida tiene fin y que todo termina con la desaparición del cuerpo físico...

—Así es en ese lugar. Y no lo comprenderás verdaderamente hasta que estés encarnado y lo vivas en primera persona, en el interior de un cuerpo físico que se deteriora, envejece y pierde vigor con el paso de lo que allí llaman "tiempo". Esa experiencia es una de las más duras que se pueden vivir en esta galaxia. Por favor, no te enfrentes a ella si no te sientes lo suficientemente preparado.
—Descuida. Sé que estoy preparado y siento que debo ayudar.
—De acuerdo... Entonces, si ese es tu deseo, empecemos a concretar: ¿has elegido ya a los seres que ejercerán como tus guías espirituales?
—Acabo de reunirme con ellos. En principio serán tres compañeros álmicos de Arcturus, y estarán pendientes de mi evolución desde el mismo momento en que nazca en mi cuerpo terrestre. 
Creo que les está permitido ayudarme directamente en momentos puntuales de la encarnación.
—Efectivamente... Estoy revisando mentalmente el plan de vida que has trazado y creo que te serán de mucha utilidad. Van a estar siempre ahí, así que no te preocupes en exceso. Actuarán en segundo plano, aunque sus intervenciones podrán llegar a ser muy espectaculares si la situación lo requiere. De vez en cuando te darán algún "toque de atención" desde la nave para que te convenzas de que realmente están cerca y no te estás imaginando nada. Vas a vivir circunstancias muy especiales con ellos... Te ayudarán a que despiertes y te alinees con tu misión.
—No puedo creer que vaya a olvidarlos cuando me halle en la Tierra...
—Así debe ser... Pero has de tener confianza. Habéis diseñado un plan que, bajo mi punto de vista, es casi perfecto. ¿Has pasado ya a la sala de hologramas para ver cómo será tu cuerpo físico y el de las almas que interactuarán más estrechamente contigo?
—Sí... También lo he hecho. Y debo decir que no ha sido una experiencia agradable... Los vehículos humanos son extremadamente limitados.
—En la Tierra lo percibirás de otra manera... Ten en cuenta que, una vez que nazcas y tu cuerpo de bebé vaya creciendo, para ti solo existirá ese planeta junto con sus habitantes. No tendrás otros puntos de referencia para comparar. Será como si la eternidad del Universo, con sus incontables planos y dimensiones, se redujese a la constreñida realidad de esa pequeña y aislada esfera azul, de modo que todo te resultará familiar y natural, incluido tu cuerpo, con todas sus limitaciones.
—No deja de resultarme paradójico, pero soy consciente de ello y asumo las reglas. ¿Puedo realizar una última petición antes de encarnar?
—Adelante.
—Es mi intención quedarme a solas y pasear libremente por la nave. Deseo que mi subconsciente conserve esta sensación de paz y plenitud cuando me encuentre en mi cuerpo físico terrestre. Sé que no recordaré prácticamente nada, pero me ayudaría mucho que dicha sensación me acompañase, aunque fuese en momentos aislados, durante mi vida física.
La petición fue inmediatamente concedida por el Guardián del Portal de Encarnación de la Tierra, y el ser arcturiano se retiró a una de las salas de recreo de su nave. Melancólico y pensativo, se aproximó al enorme ventanal que daba al exterior y se dispuso a contemplar su hogar por última vez: las estrellas de Arcturus, la luna multicolor de su planeta, las ciudades etéricas, las naves multidimensionales... Sabía que en la Tierra todo sería muy diferente, y que ese idílico entorno del que ahora disfrutaba acabaría siendo un vago recuerdo en algún lejano rincón de su futura y limitada mente humana.
—Es el momento —sentenció el Guardián, que acababa de abrir el portal que daba paso al plano de tercera dimensión.

El ser arcturiano observó un inmenso círculo luminoso tras el cual se adivinaban unas siluetas humanas con bata blanca que parecían aguardar. Se encaminó hacia él con firmeza y decisión, aunque muy consciente de que, de un momento a otro, perdería completamente la memoria para embarcarse en una aventura apasionante... Momentos después, el llanto incontrolable de un recién nacido irrumpió en la sala de partos de un hospital terrestre.