El cuerpo es el instrumento del dolor. Si bien es cierto que
no es su causa primera, sí
es, por lo menos, su causa inmediata. El alma tiene la
percepción del dolor; esa
percepción es el efecto. El recuerdo que el alma conserva
del dolor puede ser muy
penoso, pero no puede tener una acción física. De hecho, ni
el frío ni el calor tienen
capacidad para desorganizar los tejidos del alma, que carece
de la facultad de
congelarse o de quemarse. Todos saben que aquellos a quienes
se les ha
amputado un miembro suelen sentir dolor en el miembro que
les falta. Es verdad que
ahí no está la sede del dolor, ni siquiera, su punto de
partida. Lo que allí sucede es que
el cerebro guardó la impresión de ese dolor. Por lo tanto,
es lícito admitir que suceda
algo análogo en los sufrimientos del Espíritu después de la
muerte. Liberado del
cuerpo, el Espíritu puede sufrir, pero ese sufrimiento no es
corporal, aunque tampoco es
exclusivamente moral como el remordimiento, ya que él se
queja de frío y de calor.
Tampoco sufre más en invierno que en verano: lo hemos visto
atravesar llamas sin
sentir ningún dolor. Por consiguiente, la temperatura no les
causa ninguna impresión.
Sabemos que en el Espíritu hay percepción, sensación,
audición, visión; que esas
facultades son atributos de todo el ser, y no sólo de una
parte del ser, como en el
hombre. Pero, ¿de qué modo las tiene? Lo ignoramos. Cuando
decimos que los
Espíritus son inaccesibles a las impresiones de la materia
que conocemos, nos
referimos a Espíritus muy elevados cuya envoltura etérea no
tiene analogía en este
mundo. No sucede lo mismo con los de periespíritu más denso,
los cuales perciben
nuestros sonidos y olores, pero no a través de una parte
limitada de sus individualidades
como les sucedía cuando estaban vivos (encarnados). Ellos
oyen el sonido de
nuestra voz, pero nos comprenden solamente por la
transmisión del pensamiento, sin el
auxilio de la palabra. En lo concerniente a la vista, el Espíritu no
depende de la luz,
como nosotros, para ver. La facultad de ver es un atributo
esencial del alma para la cual
la oscuridad no existe. Con todo, esa facultad es más
amplia, más penetrante, en las
almas de mayor purificación. El alma o el Espíritu tiene
pues en sí misma la facultad de
poseer todas las percepciones
¿Los Espíritus sufren? ¿Qué sensaciones sienten? Esas
preguntas nos son dirigidas
en forma espontánea, y vamos a intentar resolverlas. En
primer término diremos, que para
contestar esa inquietud no nos conformamos con las
respuestas de los Espíritus. En cierta
forma, a través de numerosas observaciones, tuvimos que
considerar a la sensación como
un hecho. Después de estas consideraciones registradas por
Allan Kardec en la
Revista Espírita del mes de diciembre de 1858, el
Codificador le solicita una explicación al
Espíritu San Luis sobre la penosa sensación de frío que un
Espíritu dice que siente. Ese
relato intrigó de tal forma a Kardec, que lo llevó a indagar
a San Luis: Concebimos los
sufrimientos morales como pesares, remordimientos,
vergüenza, pero el calor y el frío, el
dolor físico, no son efectos morales, ¿sentirán los Espíritus
estas sensaciones? El
Espíritu entonces le respondió con otra pregunta: ¿Tu alma
siente frío? No. Pero tiene
conciencia de la sensación que actúa sobre el cuerpo. Reflexionando sobre estas
informaciones, Kardec llega a esta conclusión: De eso parece
que hay que llegar a la
conclusión de que ese Espíritu avaro no sentía frío real,
sino un recuerdo de la sensación
del frío que había soportado, y ese recuerdo que él
considera como realidad, se torna un
suplicio. Y el benefactor espiritual enfatiza: Es más o
menos eso. Pero quede bien
entendido que hay una diferencia, que comprendéis perfectamente,
entre el dolor físico y el
dolor moral. No se debe confundir el efecto con la causa.
Allan Kardec presenta con su peculiar lucidez el siguiente
análisis de este tema, tan
útil como necesario para la práctica mediúmnica.
El cuerpo es el instrumento del dolor. Si bien es cierto no
es su causa primera, sí es,
por lo menos, su causa inmediata. El alma tiene la
percepción del dolor; esa percepción es
el efecto. El recuerdo que el alma conserva del dolor puede
ser muy penoso, pero no
puede tener una acción física. De hecho, ni el frío ni el
calor tienen capacidad para
desorganizar los tejidos del alma, que carece de la facultad
de congelarse o de quemarse.
¿No vemos todos los días que el recuerdo o la aprehensión de
un mal físico produce el
efecto de ese mal como si fuera real? ¿No vemos que hasta
causan la muerte? Todos
saben que aquellos a quienes se les ha amputado un miembro
suelen sentir dolor en el
miembro que les falta. Es verdad que allí no está la sede
del dolor, ni siquiera, su punto de
partida. Lo que allí sucede es sólo que el cerebro guardó la
impresión de ese dolor. Por lo
tanto, es lícito admitir que suceda algo análogo en los
sufrimientos del Espíritu después de
la muerte. Un estudio profundizado del periespíritu, que
desempeña tan importante rol en
todos los fenómenos espíritas; en las apariciones vaporosas
o tangibles; en el estado en
que se encuentra el Espíritu producido por la muerte; en la
idea tan frecuentemente
manifestada de que aún está vivo; en las situaciones tan
conmovedoras que nos revelan
los suicidas, los que fueron víctimas de suplicios, los que
se dejaron absorber por los
gozos materiales, y tantos otros hechos innumerables,
arrojan mucha claridad sobre esta
cuestión y dan lugar a explicaciones que vamos a brindar en
forma resumida. (1)
Las sensaciones y percepciones que sienten y que relatan los
Espíritus, se efectúan
por intermedio del periespíritu, que es (...) el principio
de la vida orgánica, pero no el de la
vida intelectual, que reside en el Espíritu. Es, además de
eso, el agente de las sensaciones
exteriores. En el cuerpo, esas sensaciones se localizan en
los órganos, que les sirven de
conductos. Destruido el cuerpo, las sensaciones se tornan
generales. De ahí que el
Espíritu no diga que le duele más la cabeza que los pies, o
viceversa. Pero, no se deben
confundir las sensaciones del periespíritu que se ha
independizado, con las del cuerpo. A
estas últimas sólo las podemos tomar a modo de comparación,
no por analogía. Liberado
del cuerpo, el Espíritu puede sufrir, pero ese sufrimiento
no es corporal, aunque tampoco
es exclusivamente moral como el remordimiento, ya que se
queja de frío y de calor.
Tampoco sufre más en invierno que en verano: lo hemos visto
atravesar llamas sin sentir
ningún dolor. Por consiguiente, la temperatura no les causa
ninguna impresión. El dolor
que sienten no es un dolor físico propiamente dicho: es un
vago sentimiento íntimo que el
mismo Espíritu no siempre comprende bien, precisamente,
porque el dolor no está
localizado y porque no lo producen agentes exteriores; es
más una reminiscencia que una
realidad, reminiscencia sí, pero igualmente penosa. Entre
tanto, algunas veces, sucede
más que eso, como vamos a ver.
Actualmente este tema es de fácil comprensión aún para el
ciudadano común, debido
al progreso alcanzado por las ciencias psíquicas en el siglo
veinte y en el actual. Además,
este hecho nos hace reflexionar sobre la increíble capacidad
de análisis de Kardec pues,
sin contar con los conocimientos que hoy tenemos, logró
comprender este tema con
nitidez. Al continuar con las explicaciones, nos esclarece
el Codificador: La experiencia nos
enseña que como consecuencia de la muerte el periespíritu se
desprende más o menos
lentamente del cuerpo; que durante los primeros minutos
después de la desencarnación el
Espíritu no encuentra explicación a la situación en la que
se halla. Cree que no está muerto
porque se siente vivo; ve el cuerpo a un lado, sabe que le
pertenece, pero no comprende
que esté separado de él. Esa situación perdura mientras
existe algún lazo de unión entre el
cuerpo y el periespíritu. Nos dijo cierta vez un suicida:
“No, no estoy muerto”. Y agregaba:
“Entre tanto, siento que los gusanos me roen.”
Indudablemente, los gusanos no le roían el
periespíritu y menos aún el Espíritu, sólo le roían el
cuerpo. Pero como la separación del
cuerpo y del periespíritu no era completa, se producía una
especie de repercusión moral
que transmitía al Espíritu lo que estaba sucediendo en el
cuerpo. Tal vez el término
repercusión no sea el más apropiado porque puede inducir a
la suposición de un efecto
muy material. Era más bien la visión de lo que pasaba en el
cuerpo, al cual el periespíritu
aún se mantenía unido, lo que le causaba la ilusión que él
tomaba como realidad. Así
pues, en este caso no habría una reminiscencia, porque él en
vida, no había sido roído por
los gusanos: se trataba del sentimiento de un hecho actual.
Esto demuestra qué
deducciones se pueden extraer de los hechos cuando se los
observa con atención.
Durante la vida, el cuerpo recibe impresiones exteriores y
las transmite al Espíritu por
intermedio del periespíritu que constituye, probablemente,
lo que se llama fluido nervioso.
Cuando el cuerpo está muerto, no siente nada más porque ya
no están en él el Espíritu ni
el periespíritu. Éste, desprendido del cuerpo, siente la
sensación, pero como ya no le llega
a través de un conducto limitado, esa sensación se torna
general. Ahora bien, como el
periespíritu en realidad no es más que un simple agente
transmisor, porque es en el
Espíritu donde radica la conciencia, lógico será deducir,
que si pudiera existir el periespíritu
sin el Espíritu, aquel no sentiría nada, exactamente como
ocurre con el cuerpo que murió.
Del mismo modo, si el Espíritu no tuviera periespíritu sería
inaccesible a toda clase de
sensación dolorosa. Esto es lo que sucede con los Espíritus
totalmente purificados.
Sabemos que cuanto más se depuran, tanto más etérea se torna
la esencia del
periespíritu, de donde se llega a la conclusión de que la
influencia material disminuye en la
medida en que el Espíritu progresa, es decir, en la medida en
que el propio periespíritu se
torna menos grosero.
Cuando decimos que los Espíritus son inaccesibles a las
impresiones de la materia
que conocemos, nos referimos a Espíritus muy elevados cuya
envoltura etérea no tiene
analogía en este mundo. No sucede lo mismo con los de
periespíritu más denso, los cuales
perciben nuestros sonidos y olores, pero no a través de una
parte limitada de sus
individualidades, como les sucedía cuando estaban vivos. Se
puede decir que las
vibraciones moleculares se hacen sentir en todo su ser, y de
esa manera, les llega al
“sensorium commune”, que es el propio Espíritu, pero de un
modo diverso, y, tal vez,
también, con una impresión diferente, que produce la
modificación de la percepción. Ellos
oyen el sonido de nuestra voz, pero nos comprenden solamente
por la transmisión del
pensamiento, sin el auxilio de la palabra. Para apoyar lo
que decimos está el hecho de que
esa comprensión es tanto más fácil cuanto más
desmaterializado sea el Espíritu. En lo que
concierne a la vista, el Espíritu no depende de la luz como
nosotros para ver. La facultad
de ver es un atributo esencial del alma para la cual la
oscuridad no existe. Con todo, esa
facultad es más amplia, más penetrante, en las almas de
mayor purificación. El alma o
Espíritu tiene pues en sí misma la facultad de poseer todas
las percepciones. Éstas se
obstruyen en la vida corporal por la índole grosera de los
órganos del cuerpo; en la vida
extracorpórea se van amplificando en la medida en que la
envoltura semi material se hace
más sutil.
Entonces, podemos llegar a esta conclusión junto con Kardec:
los Espíritus poseen
todas las percepciones que tenían en el Tierra, pero en
grado más elevado, porque sus
facultades no están amortiguadas por la materia. Tienen
sensaciones desconocidas para
nosotros, ven y oyen cosas que nuestros sentidos limitados
no nos permiten ver ni oír.
Para ellos no hay oscuridad, a excepción de aquellos que,
por punición, están
temporariamente en tinieblas.