BIENAVENTURADOS
LOS QUE LLORAN
“Bienaventurados los que lloran,
porque
ellos recibirán consolación”
JESÚS (Mateo,
5:4.)
–¿Por qué? ¿Por qué a nosotros? – Se preguntaba Lautaro,
mientras
su rostro era inundado por el llanto y la tristeza. Miraba
fijamente al
doctor Rivas, como esperando que dijera que se había
equivocado en el
diagnóstico. Pero no, lamentablemente, los distintos
estudios realizados
no daban lugar al error, y todos dictaminaban lo mismo: Anencefalia.
Ello
significaba que el hijo que esperaba feliz, junto a su querida
compañera
Carolina, no tenía posibilidades de vivir después del parto.
La joven mamá abrazó a su marido con ternura, y luego
extendió
su mano sobre su rostro, obligándolo dulcemente a que la
mirara. Tomó
aire, hizo una pausa, buscando las mejores palabras para lo
que tenía que
decir, y expresó:
–No importa cuánto tiempo viva entre nosotros, quiero que
nazca
naturalmente, igual que cualquier niño.
–Disculpe, Carolina, pero quizá no comprendió la gravedad de
la
situación – interrumpió el obstetra. – Esta enfermedad es
una malformación
grave, porque no hay desarrollo de los hemisferios
cerebrales, básicamente
hay rudimentos, o estructuras mínimas de lo que sería el
cerebro. Ello
implica que el bebé no tiene posibilidades de sobrevivir,
hasta puede
perecer antes de los nueve meses de gestación. Acunar en tu
vientre un
niño que jamás va a poder vivir es generarte un tormento
psicológico muy
grande, una angustia que te causará mucho daño. Tú eres joven,
puedes
volver a quedar embarazada…
–Y ¿usted qué propone? – indagó Lautaro con firmeza.
–Provocar un parto natural, para que el bebé nazca antes de
tiempo…
–Pero eso es realizar un aborto – Exclamó indignada la joven
madre.
–No, no es así. Ante patologías de esta naturaleza tanto la
ley
como la medicina tienen contemplaciones. Quédense tranquilos
que yo
los derivaré a un equipo de profesionales que se ocupan de
enfermedades
como esta. Ustedes solo acelerarían un destino fatal,
irreversible; no
quitarían ninguna vida.
Una vez fuera de la clínica, Lautaro y Carolina se abrazaron
y
lloraron. La noche era apacible. Las estrellas habían
inundado el cielo,
decididas a acompañar con su luz a los jóvenes padres de
regreso a su
hogar. Ambos permanecieron durante todo el viaje en
silencio; solo daban
lugar a la manifestación del llanto y la congoja que los
acompañaba.
Los días transcurrieron. Lautaro era partidario de acatar
las
directivas que había dado el médico. Carolina, en cambio, no
emitía
opinión alguna y acariciaba su vientre con amor, sabiendo
que allí había
una vida que se desarrollaba. Cuando esto ocurría, su esposo
callaba y se
unía a ella en esa manifestación de amor y dulzura.
Cuando los familiares del joven matrimonio se enteraron de
la idea
que el doctor Rivas les había dado, distintas opiniones se
dejaron traslucir.
Muchos acusaron a Lautaro y a Carolina de concebir ideas
abortivas;
otros, en cambio, los apoyaron incondicionalmente. Las
noticias llegaron
a los oídos de Pedro, el tío de ambos, que era espiritista.
Él los citó en su
humilde hogar del barrio distanciado de la Capital Federal
y, después de
orar junto a ellos, pidiendo orientación a los Cielos, les
manifestó:
–Hijos, Dios es Amor y sus leyes son de Amor. Tanto ustedes
como el Espíritu del niño que abriga Carolina en su vientre
han decidido,
seguramente, rescatar errores cometidos en el ayer, ya que
no vivimos
una sola vez. Tomen la decisión que tomen, Dios no los
juzgará ni los
condenará; serán vuestros corazones los que se sentirán
plenos o dolientes.
Y nadie debe juzgarlos, ya que no nos encontramos en la
posición de vivir
una prueba semejante. Solamente ustedes conocen lo que esa
enorme
adversidad, pero sepan que si han sabido sobrellevarla, es
porque tienen
la fortaleza para hacerlo.
Pedro hizo una pausa. Miró hacia los costados de la mesa
como
buscando algo. Tomó de una pequeña biblioteca, que estaba a
su derecha,
un libro y, abriendo sus páginas les dijo:
–Este libro se llama El
Evangelio según el Espiritismo y
es una
fuente de orientación permanente, pues contiene la
explicación de las
enseñanzas de Jesús a la luz de nuestra amada Doctrina.
Permítanme que
les lea un pasaje; es del capítulo V, Bienaventurados los que lloran, y
dice así: “Cuando Cristo dijo esta bienaventuranza no se refería a los
que sufren, pues todos los que se encuentran en la Tierra
padecen, ya se
sienten en un trono o duerman en una pocilga. Se refiere a
que pocos son
los que saben sufrir”.
– Más adelante, el Espíritu de
Lacordaire, que es
quien manifiesta estas palabras, agrega: “Bienaventurados
los que tienen
la ocasión de poner a prueba su fe y su firmeza, su
perseverancia y su
sumisión a la voluntad de Dios, por cuanto será centuplicada
la alegría
que en la Tierra les falta”. – Pedro cerró lentamente las
páginas de tan
preciado libro y, mirándolos con ternura, expresó:
Seguramente ustedes
ya están recibiendo la Protección de los Cielos para cargar
en sus hombros
este sufrimiento; pero también les digo con certeza que sus
Espíritus están
preparados para “saber sufrir”, como decía Lacordaire. Yo no
les voy a
decir lo que tienen que hacer ni voy a juzgar la decisión
que tomen, sólo
les voy a asegurar mi compañía en esta travesía que van a
emprender.
Estaré con ustedes para lo que necesiten. Confiemos en Dios.
Después de pronunciar una oración, pidiendo orientación y
protección para sus sobrinos, Pedro los acompañó hasta la
puerta de
entrada y los despidió con un abrazo cargado de afecto y
comprensión.
Hay veces que los gestos o los silencios hablan mejor que
las palabras;
este momento era uno de ellos.
El tiempo transcurrió. Lautaro y Carolina, cada vez más
fortalecidos
en la fe, habían decidido llegar a término del embarazo, sin
interrumpirlo.
Aquella conversación con Pedro, más las posteriores visitas
al Centro
Espírita “Esperanza Cristiana”, había generado en ellos la
fortaleza para
“saber sufrir”, según las páginas del Evangelio.
Y una mañana de abril, bajo un vendaval de emociones
confusas,
Carolina y Lautaro recibieron a su pequeñita. Afuera, como
si la naturaleza
también asimilara tanto dolor y tristeza, llovía a cántaros.
La niña
sólo pudo sobrevivir unas horas, pero, en ese escaso tiempo,
sus padres
la colmaron de todo el amor que tanto habían ansiado
brindarle. Ellos
sintieron que no se trataba de una despedida, sino más bien
de un encuentro
espiritual. Sentían que habían hecho lo correcto, pero aun
así, la pena
invadía sus corazones. Y, cuando eso ocurría, recordaban las
palabras del
tío Pedro y oraban, rogando al Altísimo el consuelo
necesario para poder
continuar viviendo.
Algunos otoños después, Lautaro y Carolina recibieron
nuevamente
la noticia de que serían padres otra vez. Lautaro estaba
feliz, pleno; Carolina,
no tanto. Todavía perduraba el temor a que la situación
vivida años
atrás se repitiera. Y, todavía, la carita de su niñita
recorría su memoria.
Emociones contradictorias pululaban en su alma. Deseaba
nuevamente
ser madre, pero sentía que traicionaba a Micaela, el
angelito que no pudo
permanecer junto a ellos.
Las visitas al centro espírita se constituyeron en un
refugio espiritual
para el joven matrimonio. Allí, manifestaron por primera vez
la felicidad
de volver a ser padres. Los integrantes los colmaron de
bendiciones y las
palabras de Heraldo, el Guía Espiritual del centro espírita,
los animó a
embarcarse en esa maravillosa travesía que es la paternidad.
Los sábados, comenzaron a estudiar los libros de la
Codificación
Kardeciana y en ellos encontraron muchas respuestas a sus
interrogantes.
Sobre todo en la lectura comprensiva de El libro de los Espíritus:
851. Existe fatalidad en los acontecimientos de la
vida, según
el sentido dado a aquella palabra, es decir, todos los
sucesos están
determinados anticipadamente, y si es así, ¿qué se
hace el libre
albedrío?
«La fatalidad existe solo en virtud de la elección que ha
hecho
el espíritu, al encarnarse, de sufrir tal o cual prueba.
Eligiéndola, se
constituye una especie de destino, consecuencia de la misma
posición
en la que se encuentra colocado. Hablo de las pruebas
físicas; porque
en cuanto a las morales y a la tentación, conservando el
espíritu su libre
albedrío en el bien y en el mal, es siempre dueño de ceder o
de resistir
(…)».
368. Después de su unión con el cuerpo, ¿el espíritu
ejerce con
toda su libertad sus facultades?
«La existencia de las facultades depende de los órganos que
le
sirven de instrumento, y están debilitadas por la rudeza de
la materia».
334. La unión del alma a tal o cual cuerpo, ¿está
predestinada,
o sólo en el último momento se hace la elección?
“El Espíritu está destinado con antelación. Escogiendo la
prueba
que quiere sufrir, el Espíritu solicita retornar a la vida
corporal, y Dios,
que lo sabe y ve todo, ha sabido anteriormente que tal alma
se unirá a tal
cuerpo”.
347– ¿Qué utilidad puede tener para el Espíritu la
encarnación
en un cuerpo que muere pocos días después de su
nacimiento?
“El ser no tiene conciencia bastante desarrollada sobre su
existencia;
la importancia de la muerte es casi nula, y, como hemos
dicho, es con
frecuencia una prueba para sus padres”.
Aquellos interrogantes que tanto habían inquietado a este
joven
matrimonio, estaban respondidos allí, en esas páginas
redentoras. Lautaro
sentía su ser henchido de alegría. Para él, la esperanza no
era una quimera,
y debía sustentarse en la fe. Por esa razón abrió su
corazón, comenzó a
participar en actividades solidarias, inició las reuniones
del “Evangelio en
el Hogar” y comenzó a leer nuevos libros espíritas.
Carolina, si bien se encontraba de buen ánimo y acompañaba
las
actividades de su esposo, no era feliz. Sentía culpa al ver
que el embarazo
marchaba sin complicaciones y, años atrás, Micaela no había
podido
permanecer junto a ellos. Por esa razón su alegría no era
plena; no podía
disfrutar del momento maravilloso que estaba viviendo. A su
vez, veía
tan dichoso a Lautaro que no se animaba a contarle lo que le
pasaba.
Oraba en silencio, pidiéndole perdón al Espíritu de la niña
y rogaba a
los Bienhechores la fortaleza necesaria para continuar.
Miraba su vientre
que crecía cobijando una nueva vida y lo acariciaba con
mucho amor,
haciéndole sentir que también amaba al hijo que estaba por
nacer.
Quince días antes de celebrar la Navidad, Carolina fue mamá
nuevamente. La niña, a quien llamaron Julieta, no presentaba
ninguna
complicación de salud. Sus grandes ojos negros y la sonrisa
que dibujaban
sus labios emocionaban a todos aquellos que se acercaban a
visitar a la
nueva integrante de la familia. Lautaro la abrazaba fuerte,
en medio de
llantos y risas emotivas. Carolina, sin embargo, no se
permitía exteriorizar
el regocijo que sentía. Interiormente, suponía que ello
sería una falta a la
memoria de Micaela.
Los años transcurrieron. Julieta se había convertido en el
ángel
que hizo renacer a sus padres. Ambos se desvivían por ella,
y ella se
esforzaba en todo momento por hacerlos sentir únicos,
plenos. Su
alegría desbordante, sus ocurrencias sorpresivas, sus
inquietudes de
niña, mantenían a Lautaro y a Carolina pendientes de ella,
con variadas
ocupaciones. Los días tormentosos habían quedado relegados
por esta
felicidad creciente.
El joven papá no se permitía recordar a Micaela,
temiendo que la tristeza retornase. La valiente mamá, en
cambio, tenía
presente siempre aquellos ojitos que nunca pudieron abrirse
a la vida.
Dicen que la inmensidad del mar nos invita a pensar en lo
infinito
de la obra de Dios, que es la Naturaleza. El vaivén de las
aguas, la brisa
húmeda, el constante movimiento de ese cuerpo gigantesco,
convocan
a la reflexión. Y así, se encontraba Carolina aquella tarde
de verano,
frente al mar. Absorta del mundo, dejando fluir aquellas
emociones que
aún detenían sus pasos, recordó a su primera hija. A unos
metros de
ella, Julieta intentaba construir un castillo de arena. Más
allá, Lautaro
dialogaba con otro señor que estaba de vacaciones como
ellos. Las nubes
comenzaron a ganar terreno en la inmensidad del cielo y
todos temieron
una fuerte tormenta. Julieta se dio por vencida y abandonó
la fortaleza
de arena que intentaba edificar. Irguió su cuerpo del suelo
y observó que
su madre miraba sin mirar hacia el mar. Notó que sus
hermosos ojos
verdes estaban cubiertos de lágrimas y aceleró sus pasos
para encontrarse
con ella. Carolina extendió su brazo derecho y comenzó a
acariciarla,
sin dejar de “mirar
sin mirar” el horizonte. Julieta suspiró y con
mucha
ternura le dijo:
–Mamita, te amo con el alma; no estés triste…
–No, mi amor, mamá no está triste sino cansada – Le dijo con
ternura a su pequeña y agregó:– Mamá es inmensamente feliz
de estar
aquí contigo, de vacaciones en esta playa…
–No, Mami – la interrumpió Julieta –, yo sé que no es así.
Extrañas
a Micaela, pero no tienes que extrañarla porque Micaela soy
yo, que volví
otra vez junto a ustedes…
Carolina contuvo la respiración. Sus ojos se convirtieron en
vertientes de lágrimas. Quería hablar, mas no podía. El
impacto emocional
fue tan grande que se desvaneció. Lautaro corrió a socorrerla
y, asustada,
Julieta la cubrió de besos. Como una metáfora de lo que
estaba sucediendo,
las nubes del cielo iniciaron su retirada y los rayos del
Hermano Sol, a
quien célebremente le cantara Francisco de Asís, comenzaron
a poblar
aquel paraje. Mientras las personas se acercaban a donde
ellos estaban,
tratando de colaborar para que ella se recuperara, sin poder
emitir sonido,
la ahora feliz madre comenzó a llorar; pero a diferencia de
otros tiempos,
ahora lloraba de felicidad. Micaela había retornado como
Espíritu, bajo
el nombre de Julieta. No había posibilidad de error: nadie
sabía la razón
de su pesar y a Julieta jamás le habían hablado de Micaela.
La niña
recordaba.
Aquel amor regado con lágrimas había hecho germinar la flor
de la esperanza. Ella y Lautaro habían “sabido sufrir” y
el Padre Eterno
los había “consolado”. “Bienaventurados
los que sufren, porque ellos
recibirán consolación.”
(Este relato está basado en una
historia real)
ARTICULO DE:
Fabián Lazzaro