jueves, 20 de junio de 2013

BIOGRAFÍA DEL ESPIRITU JOANNA DE ANGELIS




BIOGRAFÍA DEL ESPÍRITU JOANNA DE ÂNGELIS 
Un espíritu que irradia ternura y sabiduría, despertándonos para la vivencia del amor en su más elevada expresión, incluso que, para vivirlo, nos sea impuesta una gran suma de sacrificios. Se trata del Espíritu que se hace conocido por el nombre de JOANNA DE ÂNGELIS, y que en los caminos de los siglos, vamos a encontrarla en la mansa figura de JUANA DE CUSA, en una discípula de Francisco de Asís, en la grandiosa SOR JUANA INÉS DE LA CRUZ y en la valiente JUANA ANGÉLICA DE JESÚS.
Conozca ahora cada uno de estos personajes que marcaron la historia con su ejemplo de humildad y heroísmo.




JUANA DE CUSA 

Juana de Cusa, según informaciones de Humberto de Campos, en el libro “Buena Nueva”, era alguien que poseía verdadera fe. Narra el autor que: “Entre la multitud que invariablemente acompañaba a JESÚS en las predicaciones del lago, se encontraba siempre una mujer de rara dedicación y noble carácter, de las más altamente colocadas en la sociedad de Cafarnaum. Se trataba de Juana, consorte de Cusa, intendente de Antipas, en la ciudad donde se trataban intereses vitales de comerciantes y de pescadores”. Su esposo, alto funcionario de Herodes, no compartía las enseñanzas de espiritualidad, no tolerando la doctrina de aquel Maestro que Juana seguía con purificado amor. Afligida por el peso de las obligaciones domésticas, angustiada por la incomprensión e intolerancia del esposo, buscó oír la palabra de confort de JESÚS que, en vez de invitarla a engrosar las filas de los que Lo seguían por las calles y caminos de Galilea, le aconsejó a Seguirlo a distancia, Sirviéndolo dentro del propio hogar, volviéndose un verdadero ejemplo de persona cristiana, en el cuidado al prójimo más próximo: su esposo, a quien debería servir con amorosa dedicación, siendo fiel a Dios, amando al compañero del mundo como si fuera su hijo. JESÚS le trazó una ruta de conducta que le facilitó vivir con resignación el resto de su vida. Más tarde, se convirtió en madre. Con el paso del tiempo, las atribulaciones se fueron agrandando. El esposo, después de una vida tumultuosa y desdichada, dejando a Juana sin recursos y con el hijo para criarlo. Valiente, buscó trabajo. Olvidando “el confort de la nobleza material, se dedico a los hijos de otras madres, se ocupó con los más subalternos quehaceres domésticos, para que su hijito tuviese pan”. Trabajó hasta la vejez. Ya anciana, con los cabellos blanquecinos, fue llevada al circo de los martirios, junto con el hijo joven, para testimoniar el amor por JESÚS, el Maestro que había iluminado su vida invitándola con esperanzas de un mañana feliz. Narra Humberto de Campos, en el libro citado: “Ante el vocerío del pueblo, fueron ordenadas las primeras flagelaciones. - ¡Abjura!... – exclama un ejecutor de las órdenes imperiales, de mirada cruel y sombría. La antigua discípula del Señor contempla el cielo, sin una palabra de negación o de queja. Entonces el látigo vibra sobre el muchacho semidesnudo, que exclama entre lágrimas: - “¡Repudia a JESÚS, mamá!... ¡¿No ves que nos perdemos?! ¡Abjura!... ¡por mí, que soy tú hijo!...” Por primera vez, de los ojos de la mártir corre la fuente abundante de las lágrimas. Los ruegos del hijo son espadas de angustia que le rasgan el corazón. Después de recordar su existencia entera, responde: “ – ¡Cállate, hijo mío! JESÚS era puro y no desdeñó el sacrificio. ¡Sepamos sufrir en la hora dolorosa, porque, por encima de todas las felicidades transitorias del mundo, es preciso ser fiel a DIOS!” Enseguida, las lenguas de fuego consumen su cuerpo envejecido, liberándola hacia la compañía de su Maestro, a quien tan bien supo servir y con quien aprendió a sublimar el amor. 

CLARA DE ASIS

















UNA DÍSCIPULA DE FRANCISCO DE ASÍS 

Siglos después, Francisco, el “Pobrecito de Dios”, o “El Sol de Asís”, reorganiza el “Ejercito de Amor del Rey Galileo”, ella también se hace candidata a vivir con él la simplicidad del Evangelio de Jesús, que a todo ama y comprende, entonando la canción de la fraternidad universal. 



SOR JUANA INÉS DE LA CRUZ 














En el siglo XVII ella reaparece en el escenario del mundo, para una vida más dedicada al bien. Renace en 1651 en la pequeñita San Miguel Nepantla, a unos ochenta kilómetros de la ciudad de México, con el nombre de JUANA DE ASBAJE Y RAMIREZ DE SANTILLAMA, hija de padre vasco y madre indígena. Después de 3 años de edad, fascinada por las letras, al ver a su hermana aprender a leer y escribir, engaña a la profesora y le dice que su madre la manda a pedirle que la alfabetice. La maestra, acostumbrada a la precocidad de la niña, que ya respondía a las preguntas que la hermana ignoraba, empieza a enseñarle las primeras letras. Comenzó a hacer versos a los 5 años. A los 6 años, Juana dominaba perfectamente el idioma patrio, más allá de poseer habilidades para la costura y otros quehaceres comunes a las mujeres de la época. Supo que existía en México una Universidad y cogió la idea de, en el futuro, poder aprender más y más entre los doctores. Don Manuel, como buen español, se rió y le dijo bromeando: -“Sólo si tú te vistieras de hombre, porque allí sólo los muchachos ricos pueden estudiar.” Juana se quedó sorprendida con la novedad, y luego corrió a su madre pidiéndole insistentemente que la vistiese de hombre desde ya, pues no quería, bajo ninguna hipótesis, quedarse fuera de la Universidad. En la Capital, a los 12 años, Juana aprendió latín en 20 clases, y portugués, sola. Más allá de eso, hablaba nahuatl, una lengua indígena. El Marqués de Mancera, queriendo crear una corte brillante, en la tradición europea, invitó a la niña-prodigio de 13 años para dama de compañía de su mujer. En la Corte encantó a todos con su belleza, inteligencia y simpatía, haciéndose conocida y admirada por sus poesías, sus ensayos y piezas de buen humor. Un día, el Vice-rey decidió probar los conocimientos de la vivaz niña y reunió a 40 especialistas de la Universidad de México para interrogarla sobre los más diversos asuntos. La platea asistió, pasmada, a aquella joven de 15 años responder, durante horas, al bombardeo de las preguntas de los profesores. Y tanto la platea como los propios especialistas, la aplaudían al final, quedando satisfecho el Vice-rey. Pero, su sed de saber era más fuerte que la ilusión de proseguir brillando en la Corte. A fin de dedicarse más a sus estudios y penetrar con profundidad en su mundo interior, en una búsqueda incesante de unión con lo divino, ansiosa por comprender a Dios a través de su creación, decidió ingresar en el Convento de las Carmelitas Descalzas, a los 16 años de edad. Desacostumbrada a la rigidez ascética, enfermó y volvió a la Corte. Siguiendo la orientación de su confesor, fue para la orden de San Jerónimo de la Concepción, que tenía menos obligaciones religiosas, pudiéndose dedicar a las letras y a la ciencia. Tomo el nombre de SOR JUANA INÉS DE LA CRUZ. En su confortable celda, rodeada de numerosos libros, globos terrestres, instrumentos musicales y científicos, Juana estudiaba, escribía sus poemas, ensayos, dramas, piezas religiosas, cantos de Navidad y música sacra. La linda monja era conocida y admirada por todos, siendo sus escritos popularizados no sólo entre los religiosos, así también entre los estudiantes y maestros de las Universidades de varios lugares. Era conocida como la “Monja de la Biblioteca”. Se inmortalizó también por defender el derecho de la mujer a ser inteligente, capaz de enseñar y predicar libremente. En 1697 hubo una epidemia de peste en la región. Juana socorrió durante el día y la noche a sus hermanas religiosas que, juntamente con la mayoría de la población, estaban enfermas. Fueron muriendo, poco a poco, una a una de sus asistidas y cuando no restaba más religiosas, ella, abatida y enferma, cayó vencida, a los 44 años de edad. 


SOR JUANA ANGÉLICA DE JESÚS 






















Pasados 66 años de su regreso a la Patria Espiritual, volvió, ahora en la ciudad de Salvador en Bahía, en 1761, como JOANA ANGÉLICA, hija de una acomodada familia. A los 21 años de edad ingresó en el Convento de la Lapa, como franciscana, con el nombre de SOR JUANA ANGÉLICA DE JESÚS, haciendo oficio de Hermana de las Religiosas Reformadas de Nuestra Señora de la Concepción. 

Fue hermana, escribanía y superiora, cuando, en 1815, se hizo Abadesa y, el día 20 de febrero de 1822, defendiendo valientemente el Convento, la casa del Cristo, así como la honra de las jóvenes que allí vivían, fue asesinada por soldados que luchaban contra la Independencia de Brasil. En los planos divinos, ya había una programación para su vida en Brasil, desde antes, cuando reencarnara en México como Sor Juana Inés de la Cruz. De ahí, su facilidad extrema para aprender portugués. Es que, en las tierras brasileñas, estaban reencarnados, y reencarnarían brevemente, Espíritus unidos a ella, almas comprometidas con la Ley Divina, que formaban parte de su familia espiritual y a los cuales deseaba auxiliar. De entre esos afectos de Joanna de Ângelis, destacamos a Amelia Rodrigues, educadora, poetisa, romancera, dramaturga, oradora y escritora de cuentos que vivió a final del siglo pasado y al inicio de este.


JOANNA EN LA ESPIRITUALIDAD 


Cuando, en la mitad del siglo pasado, “las potencias del Cielo” se conmovieron, y un movimiento de renovación se extendió por América y por Europa, haciendo sonar a los “cuatro rincones” la canción de la esperanza con la revelación de la vida inmortal, Joanna de Ângelis integró el equipo del Espíritu de Verdad, para el trabajo de implantación del Cristianismo resucitado, del Consolador prometido por Jesús. Y ella, en el libro “Después de la Tempestad”, en su último mensaje, refiriéndose a los componenetes de su equipo de trabajo dice: “Cuando se preparaban los días de la Codificación Espírita, cuando se convocaban a los trabajadores dispuestos a la lucha, cuando se anunciaban las horas predichas, cuando se enfilaban sembradores para la Tierra, escuchamos la invitación celeste y nos apresuramos a ofrecer nuestras parcas fuerzas, en cuanto a nosotros mismos, a fin de servir, en la ínfima condición de surcadores del suelo donde deberían caer las simientes de luz del Evangelio del Reino.” En “El Evangelio Según el Espiritismo” vamos a encontrar dos mensajes firmados por “Un Espíritu amigo”. El primero en el Cap. IX, items 7 titulado “La paciencia”, escrito en Havre, 1.862. El segundo en el Cap. XVIII, items 13 y 15 titulado “Se le dará a aquel que tiene”, psicografiado en el mismo año que el anterior, en la ciudad de Bordeus. Si observamos bien, veremos a la misma Joanna que nos escribe hoy, dictando en el pasado una bella página, como el modelo de nuestras actitudes, en cualquier situación. En el mundo Espiritual, Joanna estaciona en una bonita región, próxima a la superficie terrestre. 

Cuando varios Espíritus unidos a ella, antiguos cristianos equivocados se preparaban para reencarnar, los reunió a todos y planeó construir en la Tierra, bajo el cielo de Bahía, en Brasil, una copia, aunque imperfecta, de la Comunidad donde estacionaba en el Plano Espiritual, con el objetivo de, redimiendo a los antiguos cristianos, crear una experiencia educativa que demostrase la viabilidad de vivir en una comunidad, realmente cristiana, en los días actuales. Espíritus gravemente enfermos, no necesariamente vinculados a sus orientadores encarnados, vendrían en la condición de huérfanos, proporcionando oportunidad de perfeccionamiento, al tiempo en que, ellos mismos, se irían liberando de las imposiciones kármicas más dolorosas y avanzando en la dirección de Jesús. Ingenieros capacitados fueron invitados para trazar los contornos generales de los trabajos e instruir a los pioneros de la futura Obra. Cuando estaba todo esbozado, Joanna buscó entrar en contacto con Francisco de Asís, solicitando que examinase sus planes y auxiliase en la conclusión de los mismos, en el Plano Material. El “Pobrecito de Dios” estuvo de acuerdo con la Mentora y se prestó a colaborar con la Obra, desde que “en esa Comunidad jamás fuese olvidado el amor a los infelices del mundo, o negada la Caridad a los “hijos del Calvario”, ni se estableciese la presunción que es parásitos a destruir las mejores edificaciones del sentimiento moral”. Casi un siglo pasó, cuando los obreros del Señor iniciaron en la Tierra, en 1947, la materialización de los planes de Joanna, que inspiraba y orientaba, secundada por Técnicos Espirituales dedicados que esparcían ozono especial por la psicoesfera conturbada de la región escogida, donde sería construida la “Mansión del Camino”, nombre dado en alusión a la “Casa del Camino” de los primeros cristianos. En ese ínterin, los colaboradores fueron reencarnando, en lugares diversos, en épocas diferentes, con instrucciones variadas y experiencias diversas para, poco a poco, y cuando fuese necesario, ser “llamados” para atender a los compromisos asumidos en la espiritualidad. No todos, sin embargo, residirían en la Comunidad, pero, desde donde se encontrasen, enviarían su ayuda, extenderían el mensaje evangélico, solidarios y vigilantes, unidos al trabajo común. La Institución creciendo siempre comprometida a asistir a los sufridores de la Tierra, a los caídos en las pruebas, a los que se encontraban a un paso de la locura y del suicidio. Gracias a las actividades desarrolladas, tanto en el plano material como en el plano espiritual, con la terapia de emergencia a recién desencarnados y atenciones especiales, la “Mansión del Camino” adquirió una vibración de espiritualidad que suplanta a las humanas vibraciones de los que allí residen y colaboran.